¿Debería darse por sentado que todos desean donar sus órganos?
Traducido por Olga García Bielsa. Ver artículo original en alemán
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En Alemania se realizan cada año unas 4500 donaciones de órganos. Según la ley alemana se pueden extraer los órganos de una persona con muerte cerebral si ésta dio su consentimiento cuando estaba viva. En caso de que no existan instrucciones por parte del fallecido, los familiares deben tomar una decisión acorde a su modo de pensar. Pero un miembro del partido de mayoría, Rolf Koschorrek, demanda nuevas directrices. A su juicio, como principio debía permitirse extraer órganos de un fallecido si éste no había expresado ninguna discrepancia al respecto. El bloguero alemán y donante voluntario de órganos Jan Filter es de otra opinión.
Cuando Frank-Walter Steinmeier anunció sorpresivamente que debía donar un riñón a su esposa (“por falta de otra alternativa”, creo que fueron sus palabras exactas), alguien observó despectivamente que estaba muy bien que lo hiciera, pero que era un tanto de mal gusto que fuera de forma tan pública.
Yo lo vi de otro modo. Por una parte, porque una persona en la posición de Steinmeier (al fin y al cabo él es presidente de la fracción del mayor partido de oposición en el parlamento) no puede estar ausente durante semanas sin dar una explicación – al menos si no quiere que surjan fastidiosos rumores sobre su estado de salud o sobre algún conflicto interno del partido (precisamente en ese momento tenía lugar el debate en el SPD sobre las pensiones).
Por otro lado yo tenía la esperanza de que él, con su conferencia de prensa, sacara a la luz el tema sobre la donación de órganos, lo que podría ayudar mucho dada la relativamente pobre difusión que existe sobre las credenciales de donante de órganos. El debate realmente se ha puesto en marcha. Esto al menos es positivo.
Yo mismo hace años que tengo conmigo una credencial de donante de órganos. En el caso de que por algún accidente ya no necesite más los órganos, puede darse la circunstancia de que gracias a ello pueda salvar la vida de alguien. Creo que actuar así es algo muy natural. Quizás para algunos otros no lo sea. Cada cual tiene que hacerse su propio juicio – pero son demasiado pocos los que realmente lo hacen y luego se sorprenden de los largos tiempos de espera con riesgo para la vida, si les toca a ellos ser los que necesiten un órgano ajeno.
Este tema tiene repercusiones en el debate actual. Aunque en una forma bastante anormal, como podemos leer actualmente en el periódico Zeit:
El presidente de la fracción de la Unión en el Comité de Salud, Rolf Koschorrek (CDU), anunció que lucharía por la regulación de la discrepancia. Esta sería «una posibilidad de mejorar de forma decisiva la provisión de órganos donados en nuestro país», le manifestó a «Welt am Sonntag». Así los médicos podrían extraer órganos de personas con muerte cerebral, si el afectado no se hubiera manifestado en contra cuando estaba en vida. Actualmente se tiene que declarar esa disposición con anterioridad.
Ya hace más de tres años el “Nationale Ethikrat” promovió esta idea y provocó entonces en mí una reacción que todavía hoy defiendo totalmente:
Yo dono sangre regularmente (hasta ahora por lo menos 7 litros), estoy registrado en la base de donantes de médula ósea de DKMS y también para entregar mis órganos si ya no pudiera hacer nada con ellos, porque por ejemplo, tuviera muerte cerebral.
Pero la idea de que determinadas autoridades pudieran disponer a mi muerte de forma casi automática de mi cuerpo o incluso de solo algunas partes de él, me parece sencillamente horrible, ya que no podría siquiera discrepar. Espero de todo corazón que nunca se instrumente algo así.
Y para decirlo con toda claridad: Si este Estado algún día fuera de la opinión de que le pertenecen mis órganos por el hecho de que en vida no me entraron ganas de llenar algún tipo de formulario de discrepancia, haría patente de esa forma una vituperable imagen del ser humano. El modo de pensar detrás de eso sería simplista y daría a entender que en caso de duda, los ciudadanos de este país y sus entrañas le pertenecen al Estado. Posiblemente me vería forzado entonces a aceptar el hecho real de que es necesario declarar la discrepancia, aunque no quisiese realmente tal cosa, en lugar de la existencia de una disponibilidad gratuita de donaciones voluntarias de órganos y su beneficioso aprovechamiento. Porque el deseo de ser enterrado de una pieza es el condenado derecho que tiene cada ser humano, incluso aunque otra cosa tendría mucho más sentido en beneficio de los vivos.
Lo que Rolf Koschorrek está elucubrando puede ser útil considerando el problema en sí, pero a pesar de ello y con independencia de los ejemplos que existen en la vida real, en muchos otros países resulta irrespetuoso para la dignidad humana. El cuerpo humano jamás debe ser propiedad del Estado, del Parlamento o del sistema de salud alemán. Tampoco cuando se trate “solamente” de los muertos.
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