Control policial e intento de seducción
Traducido por Raquel Caamaño. Ver artículo original en francés
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[Best of 2010 - Artículo publicado originalmente el 3/11/2010] En el ejercicio de sus funciones, los policías de barrio se enfrentan a todo tipo de situaciones, desde las más trágicas a las más burlescas. Es el día a día de estos "maderos base" que nos cuenta Bénédicte Desforges, teniente de policía, famosa bloguera francesa y escritora de talento. Con sus "crónicas de la policía ordinaria", que son historias de la vida a veces divertidas, a menudo conmovedoras pero siempre auténticas, no ofrece una zambullida sin concesiones en la realidad de nuestro universo urbano…
Estábamos controlando los coches a lo largo de una avenida lo suficientemente ancha para que pudiéramos hacer para a dos o tres sin estorbar a la circulación. Cada uno se ocupaba del suyo y de su conductor, era una tarea totalmente rutinaria que realizábamos casi de manera mecánica.
Permiso de conducir, permiso de circulación, certificado del seguro, cuando todo está en regla, la verificación era rápida. Quizás una llamada de atención por algún cinturón de seguridad olvidado o incluso algunas multas si hacía falta.
Estaba verificando los papeles de un automovilista cuando mi atención se centró en mi colega, que controlaba el coche que había parado pocos metros delante de mí. Estaba sorprendentemente inmóvil, con los brazos colgando delante de la ventanilla bajada. No se movía en absoluto, como si estuviera paralizado, tampoco hablaba y tenía un aire totalmente aturdido.
Di un paso hacia un lado, siempre con los papeles y mi carné de atestados en la mano, para intentar ver y entender la situación. Vi sus cejas en forma de acento circunflejo y con los ojos como platos en dirección al habitáculo del coche, y una inquietud un poco confusa se apoderó de mí. Pronto le siguió una angustia sorda.
En un cuarto de segundo mi imaginación elaboró toda una serie de escenas horribles. El conductor estaba muerto. Había un muerto al lado del conductor. Había algo espantoso en el coche, quizás un animal, probablemente un reptil que fuera capaz de poner a mi colega en ese estado de catalepsia. Un reptil enorme. O quizás había sido presa de una enfermedad, de pié, fulminado por un tipo de ataque paralizante y se iba a desmoronar como un títere.
O puede que le estuvieran apuntado, discretamente, maliciosamente, con un arma que yo no podía ver. Y fue este el presentimiento que se impuso en mi mente cuando empecé a avanzar lentamente hacia el coche, con el corazón latiendo a toda velocidad y con la mano en la culata de la pistola.
Sobre todo era imprescindible que el conductor no me viera y me las arreglé para acercarme por el ángulo muerto del retrovisor. Mi colega tenía todavía los ojos fijos y el aire aturdido y no me veía. Yo todavía no podía ver al conductor debido a los reflejos de las ventanillas y no me atreví a hablarle a mi compañero por miedo a desencadenar a-saber-lo qué.
Y después por fin conseguí verla. La escena más increíble que nunca pudiera haber visto… Una mujer, con la falda levantada por encima de las piernas y que, con una mano experta, se acariciaba el muslo con suavidad hasta hacerla desaparecer bajo el tejido con cada vaivén.
¡Aaaaah!,
exclamé. Los dos se sobresaltaron como si acabara de caer un obús entre ellos y mi colega me miraba con el aire del que se acaba de despertar con un cubo de agua fría.
“Ehh… No tiene seguro.”..
Me dijo con una voz que parecía un maullido.
¿Ah, sí? ¿No tiene seguro? ¿Y está intentando defraudar al Tesoro público?
En efecto, estaba intentando seducirle tenazmente, con un
Señor agente, podemos llegar a un acuerdo.
A veces pasa. Y casi lo había conseguido. Casi…
Oye, ¿puedes ir a coger mi carné de atestados en el coche que está allí aparcado, por favor? Lo dejé en el salpicadero por error y guardé su documentación. Puedes ir sin miedo, no es ningún tipo de trampa.
Y retomé su tarea desde el principio.
Buenos días, señora, policía nacional. ¿Podría enseñarme la documentación correspondiente a la conducción de su vehículo, por favor?.
Unos minutos y unos rechinamientos de dientes más tarde volvió a levantar la falda otra vez, pero para acuclillarse más fácilmente detrás de su coche para limpiar la matrícula del coche.
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